viernes, 1 de mayo de 2009

PRESENTACION DEL LIBRO DEL AUTO DEL PRENDIMIENTO


PRESENTACION PUBLICACION “AUTO DEL PRENDIMIENTO Y LA BOCINA”
Domingo de Ramos 2009


“Lo escrito, escrito está” respondió Pilatos a los príncipes de los sacerdotes de los judíos cuando fueron a protestarle por la inscripción que se había colocado en la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”, según nos narra San Juan en el capítulo 19 de su evangelio.
Pues esa misma máxima es la que ha guiado a nuestro amigo Pepe Gil para llevar a cabo esta publicación que hoy presentamos. Porque lo escrito es lo que tiene el sello de la permanencia, de la perennidada través del tiempo. Y este pequeño libro que hoy presentamos se une a una cada vez mayor relación de títulos que se ha ido publicando en Abarán y sobre Abarán que nos están ayudando a nosotros y, especialmente ayudarán a las generaciones que nos sucedan a conocer mejor la realidad de este pueblo y, como consecuencia, a valorarlo y a amarlo más.
Y esta presentaciòn la hacemos en un Domingo de Ramos, uno de los días más vibrantes de Abarán a lo largo del año. Esa primera procesión de “la burrica”, generalmente decorada con un cielo azul intenso, abre el horizonte de una semana que consigue mover a gran parte del pueblo y embarcarlo en la empresa de llevar a cabo unos desfiles procesionales y otras actividades teñidas siempre de la grandeza de lo religioso, en las que un pueblo manifiesta al exterior algo tan íntimo y personal como la fe.
Después de asistir o contemplar por la mañana la solemne procesión con las palmas, ahora, en este marco con sabor a fe y a historia, asistimos a un acto de los que contribuyen a engrandecer nuestra Semana Santa que, desde hace ya bastantes años, es algo más que los desfiles procesionales, aunque sigan siendo estos lo más vistoso y espectacular.
Pues, entre esas actividades paralelas a nuestras procesiones, desde el año 2004, tiene lugar la representación del Auto del Prendimiento. En él, tiene un protagonismo fundamental nuestro paisano Pepe Gil que cargó sobre sus hombros la ardua empresa de dar forma literaria y teatral a una escena de la Pasión que no por conocida es menos apasionante. Y no es tarea fácil, pues en ella hay que poner en juego la imaginación y la palabra, hay que ser capaz de plasmar en un juego dramático acontecimientos no por sabidos menos atractivos y profundos.
Hasta la composición de este Auto, el autor nos había demostrado su capacidad para convertir en literario lo anecdótico, pues había sabido retratar, en artículos y conferencias, nuestra forma de ser como pueblo con pequeñas pinceladas llenas del color de lo entrañable y lo cotidiano. Y nos ha hecho vivir momentos deliciosos e inolvidables que recordamos y que nos gustaría que se repitieran en el futuro.
Pues, con este Auto del Prendimiento, representado cada Lunes Santo en nuestro pueblo, José Gil consigue hacer literario algo muy profundo, tan profundo que ha conseguido convertirse en materia de fe para millones de seres desde hace veinte siglos.
No es el momento de hacer una crítica literaria del texto, analizando diálogos, acotaciones, recursos expresivos…. aunque sí habría que apuntar la fuerza dramática conseguida con intervenciones cortas y muy apropiadas que retratan el interior de cada uno de los principales personajes: Jesús, Caifás, Pedro… que, llevados a la escena por gentes de nuestro pueblo, consiguen hacerse para nosotros cercanos y comprensibles.

Pero, aun siendo importante y básico el texto literario que se representa y que hoy tenemos aquí publicado, tanto o más lo es la experiencia de la representación pues es todo un ejemplo de ilusión de unas gentes que están todo un año esperando su salida a escena en la noche del Lunes Santo, y, sobre todo, de unión, algo tan dificil de conseguir ya en nuestra sociedad, pues personas de toda condición social, ideas, formación… se hacen una piña para sacar adelante esta tarea, demostrando que, cuando olvidamos lo que nos separa y potenciamos lo que nos une, los abaraneros somos capaces de sacar adelante cualquier empresa por difícil que esta sea.

Pues que esta publicación sea reflejo para la posteridad de los valores y del mensaje que se desprenden de los textos evangélicos recreados, que no sólo nos animan, sino que nos obligan, si de verdad pretendemos celebrar una Semana que pueda llamarse Santa a convertir la intolerancia en comprensión, el egoísmo en generosidad y el enfrentamiento estéril en fructífera unión.


PROLOGO AL "AUTO DEL PRENDIMIENTO"

PROLOGO A LA PUBLICACION DEL
“AUTO DEL PRENDIMIENTO Y LA BOCINA” DE DON JOSÉ GIL GARCIA
El nacimiento del teatro en España está ligado a la Iglesia, pues la primera obra teatral castellana es el Auto de los Reyes Magos, que data de mediados del siglo XIII y que, como su nombre indica, tiene una temática navideña. Habrá que esperar dos siglos para el primer Auto de la Pasión, escrito entre 1486 y 1499 por Alonso del Campo, aunque no cabe duda de que la obra más importante de este género es el Auto de la Pasión de Lucas Fernández, ya del siglo XVI.
Todas estas obras, al igual que los desfiles procesionales, son un intento de hacer llegar a un pueblo, entonces analfabeto en una gran mayoría, las verdades de la fe cristiana. Esas representaciones iban consiguiendo que la gente se empapara de la vida y el mensaje de Cristo, pues, al no dominar el latín, lengua oficial de la Iglesia, y no saber leer, no tenían mucha posibilidad de hacerlo por otras vías.
Transportándonos en el tiempo, llegando hasta la actualidad, aunque la situación de nuestra sociedad tiene poco que ver con la de aquellos siglos, hoy las representaciones de la Pasión son bastante frecuentes en muchos puntos de España, especialmente en Cataluña donde alcanzan una gran vistosidad.
En Abarán no contábamos con ninguna representación autóctona de este tipo, excepción hecha de esa pequeña muestra del Desenclavamiento que aún se realiza en el Santuario, pero he aquí que, a partir de la Semana Santa de 2004, ya podemos decir que tenemos una. Y ello gracias a la pluma de nuestro paisano Pepe Gil, pluma recargada con la tinta de su imaginación, sus dotes literarias, su sensibilidad y su sentido cristiano de la existencia.
No era fácil la tarea encomendada al autor porque el darle sentido y forma teatral a un texto narrativo es algo bastante dificultoso y, si además se trata de un texto sagrado en el que tanta gente tiene depositada su fe, aún más porque siempre puede haber alguien que sienta herida su sensibilidad.
La decisión del autor hizo posible esta obra que hoy se ha convertido ya en uno de los elementos definidores de la vivencia de la Semana Santa en este rincón del Valle de Ricote. José Gil, siempre bastante temeroso de que sus palabras puedan levantar ampollas en alguien, esta vez se armó de valor para hacer realidad este reto. Y, después de varios años, podemos decir que el resultado fue tremendamente satisfactorio. Y no sólo para él, sino para todos los que lo ponen en escena cada año y para los cientos de espectadores que llenan el templo año tras año para contemplar y revivir y, por qué no, meditar estos misterios que son la base de nuestra fe.
Hasta la composición de este Auto, el autor nos había demostrado su capacidad para convertir en literario lo anecdótico, pues había sabido retratar, en artículos y conferencias, nuestra forma de ser como pueblo con pequeñas pinceladas llenas del color de lo entrañable y lo cotidiano. Y nos ha hecho vivir momentos deliciosos e inolvidables que recordamos y que nos gustaría que se repitieran en el futuro.
Pues, con este Auto del Prendimiento, representado cada Lunes Santo en nuestro pueblo, José Gil consigue hacer literario algo muy profundo, tan profundo que ha conseguido convertirse en materia de fe para millones de seres desde hace veinte siglos.
Conociendo al autor, estoy seguro de que, para su composición, ha realizado una labor previa de documentación, estudiando y desmenuzando el relato de la Pasión de Cristo en los cuatro evangelios. Y Mateo, Marcos, Lucas y Juan han sido las primeras fuentes en las que ha bebido. Junto a ellos, sin duda ha leído e interiorizado otros Autos que se suceden en la historia de nuestra literatura. A todos esos conocimientos librescos les ha sumado sus propias vivencias, sus personales recuerdos de tantas Semanas Santas vividas desde una niñez ya lejana. Y, seguramente desde su subconsciente, a la hora de la creación, han surgido las imágenes de aquel niño desfilando con los armaos, esa Hermandad tan unida a su familia paterna, o los sentimientos surgidos acompañando a la Virgen en la Procesión del Santo Entierro o la meditación que va surgiendo conforme se van recorriendo las distintas estaciones en la antigua y entrañable Procesión de Penitentes a cuya cita el autor acude devoto y puntual cada año.
No es el momento de hacer una crítica literaria del texto, analizando diálogos, acotaciones, recursos expresivos…. aunque sí habría que apuntar la fuerza dramática conseguida con intervenciones cortas y muy apropiadas que retratan el interior de cada uno de los principales personajes: Jesús, Caifás, Pedro… que, llevados a la escena por gentes de nuestro pueblo, consiguen hacerse para nosotros cercanos y comprensibles.
Sólo resta desear que esta representación, que aún tiene una corta vida, siga concitando el entusiasmo de actores y espectadores y se convierta en una de las señas de identidad de una Semana Santa que, junto a su valor turístico, no debe perder nunca su valor cristiano, su principal cimiento, y a ello contribuye, sin duda, este Auto que es ya algo tan nuestro como las norias, el Parque o la impresionante balconada de nuestra Ermita.
JOSE. S. CARRASCO MOLINA
Catedrático de Instituto de Lengua y Literatura

jueves, 22 de enero de 2009

El "desocupo"

EL “DESOCUPO”
A mis amigos Adrián y Pepe,
embajador y cónsul, respectivamente,
de la esencia abaranera
más allá de la Garita.

Decía Azorín, uno de los representantes más significativos pero menos leídos de la generación del 98, en uno de los sabrosos capìtulos de su libro “Las confesiones de un pequeño filósofo”, que “en los pueblos sobran las horas”, que “hay en ellos ratos interminables en que no se sabe qué hacer”.
Esto, escrito a principios del siglo pasado, concretamente en 1904, aún conserva parte de su vigencia pues, aunque justo es reconocer que esa vorágine de prisas y de lucha contra el reloj, tan propia de la vida en la ciudad, también ha salpicado la vida de nuestros pueblos, no es menos cierto que, especialmente en las poblaciones más pequeñas, aún se puede saborear el tiempo sin devorarlo, aún es posible sacarle el jugo a cada momento sin necesidad de consumirlo de manera atropellada. Y es relativamente fácil encontrar momentos para la conversación entrañable, para la tertulia amistosa, para el “mandao” misterioso o simplemente para la contemplación pasiva y sosegada del paso y el devenir de la gente. Y eso es saborear el tiempo, masticar lentamente los minutos como dice un verso del desaparecido Ángel González.
Es por ello por lo que en estos pueblos pequeños hay lugar para el “desocupo”, o, dicho en términos cultos, para la desocupación, para el “dolce far niente” que dirían los italianos. Porque hay lugar para la contemplación, para la tertulia, para la conversación, para el saludo, para el encuentro…
Pero, observando las situaciones o el contexto en el que se usa esta expresión, haciendo de sociólogos aficionados, nos damos cuenta de que generalmente tiene un carácter peyorativo para aquel que la usa refiriéndose a otro, pues en muchas ocasiones nace de un sentimiento de cierta rabia o disgusto (a veces salpicada de una pequeña dosis de envidia) por parte de alguien que está trabajando duramente o que se considera un trabajador nato, y ve a otro sin hacer nada o, en muchas ocasiones, haciendo algo que es inútil o que no tiene ninguna finalidad práctica, a los ojos del “ocupao”.
Podríamos imaginar muchas situaciones en donde esta expresión viene a colación y es usada, generalmente así: “¡si el desocupo…!”, o “¡vaya un desocupo…!” o “¡te parece el desocupo!...”.
Cuando ahora vemos los paseos de nuestros pueblos o las riberas de nuestros ríos salpicados de gentes que hacen footing o ejercicios físicos para mantener su figura a punto, es explicable que, si muy temprano una mujer va deprisa, en plena faena de fruta, al almacén a comenzar su dura jornada, después de haber tenido que dejar la comida hecha, y se encuentra a uno de estos “deportistas”, su expresión más normal sería: “¡Vaya un desocupo!”, contraponiendo su ajetreo forzoso al ejercicio madrugador pero innecesario del “desocupao” cuya única preocupación es que los músculos se mantengan firmes o que la báscula no le dé algún disgusto.
Pero, a veces, esta expresión nace incluso como juicio peyorativo ante alguna actividad de orden cultural o intelectual del tipo que sea. Y esto es experiencia propia. Tras la publicación en Tonos Digital (revista de la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia) de un artículo sobre “el mandao” firmado por el que suscribe, y tras la repercusión inesperada en los medios de comunicación que dicho texto tuvo, en un periódico digital, a un lector anónimo el artículo le inspiró el siguiente y expresivo comentario:
-“¡Vaya un desocupo!. Mejor se fuera a cabar”.
Sí, así puso el verbo cavar, con b. Este comentario refleja bien a las claras el alcance y la intención de esta expresión tan sugerente y ambivalente que no siempre es empleada de manera inocente, sino que en ocasiones esconde una cierta dosis de antipatía hacia el que va dirigida o, como hemos dicho antes, de cierta envidia de ver o su disfrute del ocio o su nivel de cultura o formación que no se corresponden con el del emisor de la citada expresión, que seguramente tampoco habrá cavado mucho en su vida.
En ocasiones, esta expresión nace de la extrañeza o de la incomprensión del que está o se considera muy ocupado ante algunas actividades, aficiones o hobbys del otro que no tienen, según él, ninguna finalidad útil ni ningún objetivo práctico. Entre estos hobbys estaría el recoger o coleccionar papeles antiguos como este programa que sirve de ilustración al artículo en el que se recoge la actuación nada menos que de Miguel Fleta en nuestro pueblo en 1933.Un documento de gran valor. Pero no faltan quienes, no viéndole a esto ninguna utilidad, exclaman:
- “¡Te parece el desocupo! ¡Estar siempre con papeles viejos!”
No obstante, en muchas ocasiones, esta expresión se emplea sin ninguna intención crítica, sino de una manera limpia y sin doblez. Y así la empleó la mujer de la siguiente anécdota que hace ya tiempo recogió en un maravilloso artículo nuestro ilustre paisano José García Templado, el mejor pintor de la sicologia abaranera. Hay que imaginarse la escena. Una mañana de diciembre, a eso de las siete, cuando aún no había llegado el día. Era una de esas mañanas de misas de gozo que en los pueblos preparan la navidad y donde ya se escuchan los primeros villancicos y que atraían a la juventud de la época. Una mujer se dirige al horno con su tabla de pan amasado y con su ruilla sujetándola a la cabeza, manteniendo perfectamente el equilibrio. Ella oye un ruido extraño para esa hora tan temprana y, al pasar por un callejón, ve a dos hombres discutiendo, gritándose y en el suelo peleándose a brazo partido, y la mujer de la anécdota vuelve la cabeza, manteniendo la tabla del pan en perfecto equilibrio y no se le ocurre gritar o intentar separarlos o convencerlos para que cesen en su enfrentamiento, sino que se limita a exclamar:
-¡Si el desocupo, esta mañana temprano!
Y, sin inmutarse, continuó su marcha.
JOSE S. CARRASCO MOLINA

jueves, 31 de julio de 2008

LA ENSEÑANZA: CUENTO Y ENCANTO

LA ENSEÑANZA: CUENTO Y ENCANTO
(Publicado en LA VERDAD el 31 de julio de 2008)
Hay experiencias que es conveniente tener al menos una vez en la vida y, para un enseñante, la de participar en un tribunal de oposición, donde se valora a los futuros profesionales de la docencia, es una de ellas. En mi caso, esta experiencia la he vivido varias veces, la última en la pasada edición, y ello, unido a mi experiencia docente de casi treinta años, me ha llevado a comprender mejor el rumbo que, a mi entender, va tomando la enseñanza, sin duda una de las tareas más fructíferas y reconfortantes a que uno se puede dedicar en la vida, aunque, y ese es el fondo de este artículo, la estemos desvirtuando en alguna medida.
Porque entendía yo que la enseñanza era algo tan sencillo y maravilloso al mismo tiempo como la conjunción de alguien que sepa enseñar y alguien que quiera aprender. Pero, con el paso del tiempo, uno observa atónito que ese apasionante proceso está siendo envuelto en una compleja parafernalia elaborada con toda una carga de retórica curricular, la mayoría de las veces tan rimbombante y grandilocuente como vacía de contenido. Y cada vez importa menos el regalo y más el papel de celofán que lo envuelve.
El regalo viene a ser la tarea callada y sacrificada de tantos profesionales que, cuando cierran la puerta de su aula, a veces sólo con la tiza y la pizarra como recursos didácticos, son capaces no sólo de transmitir conocimientos, sino de seducir y apasionar a los alumnos que tienen delante. Profesionales que, desde el anonimato, pasan cursos y cursos sin faltar un solo día a su obligación, aunque no sean diestros en el manejo de la PDA. Profesionales que en sus centros están siempre dispuestos para embarcarse en cualquier tarea en beneficio del alumnado, aunque sea fuera de su horario lectivo. Profesionales que dejan sello en sus alumnos, convirtiéndolos en discípulos en el sentido más bello y clásico de la palabra, discípulos a los que, en palabras de Gerardo Diego, contribuyen a “moldear su espíritu”.
Pero esa labor hoy ni se valora lo suficiente a nivel de reconocimiento profesional ni en los criterios de selección del profesorado. Porque, para ser reconocido profesionalmente, para que tu nombre suene en las instancias superiores, lo que importa es el papel de celofán, es decir, importa cada vez más el ser capaz de dominar esa retórica curricular y pasarse el tiempo elaborando informes, estadísticas, programaciones, memorias o protocolos de actuación (que esto se lleva mucho ahora), y cada vez menos el mancharse las manos diariamente de tiza dejándose la piel para conseguir enganchar a un alumnado cada vez más reticente.
Y, en lo que toca a la selección del profesorado, la experiencia con el paso del tiempo nos enseña que también se marcha por el mismo camino. Y cada vez importa menos el dominio de la materia que se pretende enseñar y la capacidad de transmitirla cautivando, y más el diseñar documentos como una programación o una unidad didáctica salpicadas de cuadros y de tablas de colores. Y el que suscribe ha terminado cansado de oír hablar de competencias básicas (el último invento de los expertos), de los niveles de concreción curricular, de la relación entre las dichosas competencias y los objetivos generales de etapa o de área, de los agrupamientos en gran grupo o pequeño grupo, de metodologías activas y participativas… y de tantos otros aspectos que hoy parece que son la panacea para enseñar, y no ha oído ni una sola vez citar a Garcilaso o a Quevedo, aun estando seleccionando a profesores de Lengua y Literatura.
No hace falta decir que ninguna culpa tienen en esta dinámica aquellos que han debido pasar por estas pruebas. La responsabilidad es de un sistema, trazado seguramente por expertos con las manos limpias de tiza, en el que lo que importa más no es ser enamorados de la enseñanza que sienten verdadera vocación por ella, sino burócratas de la enseñanza que se mueven como pez en el agua en las selvas de diseños curriculares. Y de eso hay que huir como de la peste, aunque defender estas ideas no entre dentro de lo políticamente correcto.
Sería una temeridad afirmar que es inútil planificar o programar lo que se va a llevar a cabo en el aula, y que hay que saber hacerlo y hacerlo bien, pero el problema es que hemos revestido esa labor de una envoltura cada vez más asfixiante para el profesor de a pie, que hemos convertido en un fin lo que es simplemente un medio, y que la realidad de cada aula, de cada grupo de alumnos, una vez que el docente cierra la puerta y queda a solas con ellos, desborda muchas veces toda planificación y es ahí donde tienen que entrar en juego la verdadera vocación, la personalidad y recursos del enseñante, la capacidad de transmitir y ganar unas voluntades para la causa de hacer personas no sólo con conocimientos de las diversas disciplinas, sino con profundidad y criterio para enfrentarse a la vida, con gusto y sensibilidad para disfrutar de lo bello, con ideas y valores para convivir en una sociedad cada vez más compleja y competitiva.
Seguramente ya será tarde para llevar a cabo esta tarea, que hay que realizarla además contra corriente y aun a costa de ser calificados con adjetivos no siempre positivos, pero los que nos sentimos maestros en el más bello y amplio sentido de la palabra, hemos de ponernos manos a la obra para intentar despojar a la enseñanza de cuento y devolverle encanto.
JOSE S. CARRASCO MOLINA
Catedrático de Instituto de Lengua y Literatura

sábado, 31 de mayo de 2008

CONFERENCIA: ANGEL GONZALEZ: EL HOMBRE Y EL POETA



ANGEL GONZALEZ: EL HOMBRE Y EL POETA
Conferencia impartida en el IES DIEGO TORTOSA el 24 de abril de 2008

1- Introducción
2- Su familia
3- Sus amigos
4- Sus oficios y aficiones
5- Su poesía

1- INTRODUCCION
Hay un refrán español que afirma que “nunca es tarde si la dicha es buena”. Y si lo traigo aquí a colación no es por mi afición al refranero español, algo muy rico y muy nuestro, sino porque tengo que confesar que descubrí muy tarde la poesía de Ángel González. Porque yo no tuve la suerte de dar con un profesor que me la diera a conocer y que se emocionara con ella. Es por ello por lo que hasta los treinta años no me enfrenté a unos versos del poeta. Y fue nada menos que ese soneto del alga que, como un tesoro preciado, tenemos en el aula 4 enmarcado y escrito por el propio autor ovetense. Cuando yo leí eso de: Alga quisiera ser, alga enredada/ en lo más suave de tu pantorrilla, algo raro sentí dentro porque nunca pensaba que alguien podía ser capaz de encontrarle valor poético a una situación tan molesta como que se nos enrede un algo cuando vamos caminando por la orilla de una playa. Hay que ser no sólo poeta, sino gran poeta, para conseguir emocionar con esos materiales, en principio no demasiado líricos. Porque ese soneto expresaba algo tan repetido desde las primeras muestras líricas como el deseo de cercanía de la persona amada, la necesidad de tenerla cerca, pero lo hacía con unas palabras e imágenes tan plásticas como sorprendentes y llenas de lirismo como muy pocos lo habían hecho antes.
Pero, por fortuna para mí, no me quedé en este soneto, sino que él me llevó a otros poemas, estos a otros, hasta que fui adentrándome en la maravillosa selva de la poesía “gonzaliana”, una selva en la que encontré versos tan maravillosos como estos con los que comienza el poema que titula Me basta así:
Si yo fuera Dios y tuviese el secreto,haría un ser exacto a ti.
O esos otros en los que, con el equívoco titulo de Todo amor es efímero, expresa la permanencia del amor toda la vida:
Ninguna era tan bella como tú
durante aquel fugaz momento en que te amaba:
mi vida
entera.

Pero di un paso más y, en una actitud nada egoísta, quise compartir algo tan preciado, y comencé a lanzar versos y versos en los corazones de tantos alumnos, como el labrador lanza la semilla a la tierra y, al igual que sucede en esa tarea del campo, de la misma forma, esa semilla del verso, en algunos casos cayó en tierra dura y no consiguió dar fruto pero en otros fructificó y llegó a conquistar muchos corazones para la poesía. Y Ángel González, de ser alguien desconocido, pasó a ser casi un amigo más al que se acude en busca de algo tan valioso como la belleza que proporciona la palabra. Y ¡qué gran satisfacción encontrarme con tantos antiguos alumnos que han olvidado ya lo que era un lexema o un infijo o las oraciones de relativo, pero que aún conservan en su memoria muchos de esos versos que en su etapa adolescente les lanzaba desde la tarima un profesor enamorado de la obra del poeta asturiano!.

Yo podría afirmar lo mismo que José Esteban, gran amigo y también admirador que personifica en él el fenómeno poético:
“Si alguien me preguntara cuál es hoy, para mí, la imagen de un poeta, diría que Ángel González. No porque crea que es el mejor poeta que conozco (que también lo creo), sino porque yo imagino así, tal y cómo es hoy Ángel a los verdaderos poetas. Pienso que la poesía lo ha elegido para que la represente en la tierra y ante los mortales. Algo así como su embajador, pero algo más también que su embajador, algo como su representación misma”.

Es evidente que la obra poética de Ángel González es mucho más conocida que su figura humana. Pero aquella no se puede entender del todo sin tener en cuenta esta. Si en general, los poetas, aunque a veces lo intenten, no pueden evadirse del contexto que los rodea, Ángel González no sólo no lo busca, sino que quiere que su poesía sea altavoz y reflejo de un momento histórico, de la situación del hombre y de la sociedad en este momento. Como muestra valga esta afirmación suya:
“Es necesario apuntar al tiempo que se conoce, dirigirse al hombre con el que se convive”
Es por ello por lo que su poesía no puede dejarnos indiferentes, está tan encarnada que hay que ser muy insensible para no sentirse sacudido por ella con un sacudida no sólo estética sino profundamente humana. Leer al poeta asturiano es una experiencia que no deja indiferente, no es un pasatiempo más, es un revulsivo, un estremecimiento que de alguna manera nos trastorna y nos hace volver siempre. No es un poeta de probar, saborear y dejar, sino que sus poemas nos acompañan siempre y son como un canto de sirena que llama unas veces a nuestra sensibilidad, otras veces, a nuestras emociones; otras, a nuestras pasiones y en muchas, a nuestras decepciones. Y es que hay poemas de Ángel González para todos los momentos, estados y situaciones: para los días de lluvia, para los días de frío, para los jueves, para los domingos, para los cumpleaños, para el mes de octubre,….

Es por ello por lo que una vez que se entra en contacto con su poesía, ya uno no puede desengancharse de ella, tiene que volver a ella una y otra vez, y la curiosidad inicial se convierte en admiración, después en pasión y hasta en objeto de culto. Así lo entiende su amigo Juan García Hortelano cuando se declara “angelólatra”, es decir persona que profesa culto de latría a Ángel González. Así define él la voz “ángel” en un supuesto diccionario:
“Espíritu celeste, del coro de los años cincuenta, creado por los dioses para servicio y gloria de la Poesía, fomento de la Música y gozo de la Amistad. Úsase también como interjección admirativa o placentera”.
Y es que el autor asturiano, junto a ese quehacer poético maravilloso, que lo ha hecho tan conocido y reconocido, era también un gran admirador de la música y un gran cultivador de la amistad, algo que para él desde la infancia era algo imprescindible en su vida. Por eso, cuando él marchaba a América, dejaba a sus amigos anhelantes de su regreso. Así lo confiesa García Hortelano:
“La ciudad, cuando él se marcha, se queda desangelada. Los angelólatras se transmiten anhelantes noticias acerca de su reaparición”.

Muchos críticos e infinidad de lectores se han preguntado cuál es el secreto de su poesía, en qué estriba esa capacidad de seducir al lector usando un lenguaje tan cercano y accesible. Hay innumerables respuestas, pero seguramente una de las más certeras sea la del escritor mejicano Alfredo Bryce Echenique, cuando afirma:
“He admirado en Ángel la poesía que nombra la cotidianidad –que basta con que la nombre a su manera y arte mayor- y la vuelve de inmediato inolvidable. Que la eleva a alturas de gracia y hondura tremendamente conmovedoras.”
Por todo ello, hemos de afirmar que si leer y transmitir poesía, siempre es algo positivo, leer y saborear y difundir y memorizar la poesía de Ángel es una experiencia maravillosa, que nos convierte poco a poco, casi sin darnos cuenta en angelólatras acérrimos y sin remedio.

2- Su familia
El ambiente que vivió en su niñez deja una profunda huella en la vida y la poesía de Ángel González. El mismo afirma: “las cosas que viví de niño me marcaron”.
No se trata de hacer un árbol genealógico remontándose a varias generaciones, pero sí de esbozar el marco familiar más próximo que envuelve al poeta, sin olvidar nunca que esa familia está enraizada en la ciudad clave en su vida y obra: Oviedo.
Sabemos que sus abuelos paternos eran gente del campo, que vivían en un pueblecito de esos tan pequeños como encantadores del norte, Ondas. Eran gentes ligadas a la tierra, agricultores, con una cierta disponibilidad económica que les permitió enviar a su hijo, Pedro González Cano a estudiar a la capital, pues deseaban para él una vida menos sacrificada que la que ellos habían llevado. Y lo consiguieron, pues el padre de nuestro poeta llegó a ser profesor numerario de Ciencias y Pedagogía en la Escuela Normal de Magisterio de Oviedo. Era de ideas republicanas y ateo, aunque Ángel apenas lo conoció pues murió cuando él tenía 18 meses, en un año tan poéticamente relevante como 1927.
Por razones obvias, Don Pedro no pudo influir en su hijo pequeño. Quien sí lo hizo fue su esposa, María Muñiz que es, sin duda, la persona que más guía su vida.
Recuerdo
bien
a mi madre.
Tenía miedo del viento,
era pequeña
de estatura,
la asustaban los truenos,
y las guerras
siempre estaba temiéndolas
de lejos,
desde antes
de la última ruptura
del Tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.

Era hija de Don Manuel Muñiz García, Director de la Escuela Normal de Magisterio en la que enseñaba su marido, a quien conoció allí. Don Manuel publicó en 1880 una obra que luego amplió su yerno, el padre de Ángel. Se trataba de la Cartilla Métrica, que era una obra que explicaba el sistema métrico decimal, pues la gente aún se regía por los reales de vellón, celemines y otras medidas que ya habían sido desplazadas por las actuales.
Volviendo a su madre, así la define su hijo menor:
Era un personaje excepcional, a quien le debo muchas cosas, porque se sacrificó mucho por mí. Era una persona inteligente, bondadosa y liberal. Era muy religiosa, y a la vez muy tolerante, cosa lógica, habiendo estado casada con un ateo. Educó a sus hijos dentro de la Iglesia, pero esperaba, sabía incluso, que yo me apartaría de eso de un momento a otro (…). No le importaba demasiado y casi lo consideraba natural (…) Es posible que en mi poesía haya quedado la nostalgia del mundo de bondad en el que creía mi madre, opuesto a una realidad donde esos valores no contaban demasiado. Probablemente esa decepción es la que me lleva a hablar de las ruinas, los escombros, los despojos y todo eso.

Hay que imaginarse la situación tan difícil en que quedó su madre al enviudar, debiendo sacar adelante a toda la familia, pues Ángel no era hijo único sino que tenía tres hermanos: Manolo, Pedro y Maruja, que al nacer él, tienen 17,16 y 15 años respectivamente. Es, por tanto, el hijo menor y con bastante diferencia con el resto y que, por ello, recibe cuidado muy especial, especialmente de su madre y de una criada que vivía con ellos, Soledad y que también participa bastante en la crianza. Toda la vida familiar queda marcada negativamente por los acontecimientos en Asturias en 1934 y, especialmente, por la Guerra Civil que dispersa e incluso acaba con algún miembro de la familia.

Su hermano mayor, Manolo, estudió Ingeniería en Barcelona y en Madrid. En noviembre del 36, tras la ruptura del cerco de Oviedo por las tropas nacionales, decide trasladarse a León. Es detenido en Salas y fusilado.

Pedro no quiso estudiar y trabajó en varios oficios, entre ellos marino. Volvía de vez en cuando a la casa y Ángel lo admiraba por su espíritu aventurero. Se politizó muy pronto, participó en la revolución del 34 y tuvo que exiliarse de inmediato. Luego, en la guerra civil, se incorporó inmediatamente al ejército republicano, hizo la guerra y al final volvió a exiliarse.

Su hermana Maruja estudió Magisterio, pero en la Guerra Civil fue represaliada y no pudo ejercer, siendo después rehabilitada aunque tenía que dar clase a 150 kms. al menos de Oviedo. Y fue maestra en Páramo del Sil, un pueblo leonés que influye mucho en su hermano.

Soledad, la criada, nunca se casó por no dejar sola a doña María en su desgracia. Estaba tan arraigada en la familia que lo mismo obedecía que mandaba. Murió en 2001 en una residencia adonde Ángel iba a visitarla de vez en cuando.

En este contexto familiar nació Angel, “Angelín” como le llamaban el 6 de septiembre de 1925 quien, una vez desaparecidos sus hermanos, se crió rodeado de mujeres (madre, hermana y criada). A pesar de ello, no fue un niño mimado, engreído o endiosado, sino que siempre tuvo un trato cordial y agradable con los que le rodeaban. . El propio Angel afirma:
“Mi infancia fue muy feliz porque fui un niño muy querido, no mimado, pero sí muy querido y atendido”.
Sin embargo, el comienzo de la guerra civil, cuando él tenía once años, marca negativamente a su familia y, por supuesto a ese niño pequeño. Él ya empieza a darse cuenta de las consecuencias de ese enfrentamiento tan trágico entre españoles y que destroza a su familia.
A pesar de todo, su madre se empeñó en que hiciera bachillerato. Lo comienza en el instituto de Oviedo y despúes del cuarto curso sigue estudiando en un colegio privado. El propio Ángel nos lo cuenta:
“Era un colegio un poco elitista, pero el director, muy amigo de mi familia, llamó a mi madre para pedirle que me enviara a su colegio, porque había un cupo de matrículas gratuitas que necesitaba cubr. Y allí fue donde terminé el bachillerato”
A pesar de esto, el poeta se considera en todo casi autodidacta, porque, aunque estudiaba lo que le enseñaban sus profesores, “aprendí muy pronto a no creerme lo que me decían, a decir que no para mis adentros. Es decir, a pensar por mi cuenta”
Acabado el bachillerato, comienza a cursar la carrera de Derecho. Pero a los dieciocho o diecinueve años hay una circunstancia que tiene gran importancia en su desenvolvimiento vital. Y es que le diagnostican una tuberculosis pulmonar muy grave. Una enfermedad por la que la gente se moría en grandes cantidades. Los médicos le aconsejaron que cambiara de aires y marchó a un pueblo de la montaña leonesa, Páramo del Sil, donde, su hermana, Maruja, una vez rehabilitada como maestra, tenía su escuela y que se encontraba a 150 kilómetros de Oviedo. Allí permaneció casi tres años.
A su llegada, Ángel tiene que guardar cama rigurosamente y la ventana de su habitación permanece siempre abierta. En una de sus primeras cartas, afirma:
“Tengo todas las noches alguna visita zoológica, unas veces es un murciélago el que me viene a visitar, otras una lechuza. Y arañas no digamos, casi tantas como ratones. De vez en cuando me asomo al balcón y admiro los muslos torneados de las ninfas lavanderas en un arroyo cercano. Otras veces hago versos o dibujo hermosos frescos que sirven para decorar mi habitación. De esta manera voy tirando para no desesperarme”
La estancia en este pequeño pueblo leonés, aislado del mundo, es decisiva para su trayectoria poética porque allí se dedica a leer especialmente poesía. Ángel les pedía a sus amigos que le enviaran libros de poemas. Y allí empieza a leer a los autores de la generación del 27(Alberti, Lorca y Gerardo Diego), también a Neruda, pero el que lo deslumbra es Juan Ramón Jiménez.
Pero no sólo a leer, sino también a escribir versos, como él mismo confiesa. De ellos tenemos conocimiento de algunos que son más bien bromas rimadas:
Esa muchacha morena
que lava en el agua clara
me dijo que tenía pena
porque ya estaba casada.

Las flores, todavía tiernas
me dijeron ruborosas
que les veían las piernas
a todas las mariposas.

Los meses fueron pasando al tiempo que él iba ganando peso y color, y el médico le autorizó a ir saliendo de casa. Daba paseos por las mañanas en las que lucía el sol y fue conociendo el entorno.
Ya bien avanzado 1945, con casi veinte años, la enfermedad estaba curada y volvió a Oviedo, reincorporándose a la Universidad como alumno oficial en el cuarto curso de Derecho, pues se había ido examinando libre del resto de los cursos aprovechando los viajes que hacia para visitar al médico. Esta carrera no le interesó nada desde el principio. Por ello, se matriculó también de magisterio y se hizo, por tanto abogado y maestro, profesión esta que era como una obligación familiar pues lo habían sido su abuelo, su padre, su hermana y parece que también su madre.

Merecen destacarse dos hechos que marcan su vida, uno en sentido negativo y otro positivo, y que tienen lugar ya en su madurez: la muerte de su madre ya en 1969, esa mujer a la que tan pegado había estado, una de esas tres mujeres con las que comparte su infancia y adolescencia. Sólo cuando muere, decide encauzar su vida lejos de España.
Pero, diez años después, en 1979, un rayo de luz ilumina su vida y es el descubrimiento del amor en la persona de Susana Rivera, que fue alumna suya en Estados Unidos y con la que se casó en 1993 y con la que ha compartido desde entonces hasta su muerte todas sus ilusiones, amistades, preocupaciones y toda su obra.

3- Sus amigos
Ya hemos apuntado antes lo importante que es para nuestro poeta el sentimiento de la amistad. Y la verdad es que sus amigos lo son para siempre y hasta con los amigos de la infancia no pierde nunca una relación entrañable y cercana.
En su infancia ovetense, Ángel forma pandilla con cuatro niños que forman un grupo realmente compacto, unidos no sólo por la edad, sino también por los efectos tan negativos de la guerra civil.

El mayor de los cinco era Benigno Canal, al que apodaban “el viejo” aunque era solo algo más de un año mayor que el resto. Era cerrajero en una empresa familiar. Cuando a veces iban a buscarlo a la fragua, se quedaban admirados de sus robustos brazos que manejaban un enorme mazo de hierro. A este la habían asesinado un hermano y tenía otro en la cárcel, que luego fue liberado.

Pero, seguramente el amigo más íntimo era Paco Ignacio Taibo. Este vivía en el mismo barrio que Ángel y tenía a su padre y a un tío escondidos en una buhardilla, temerosos de que los cogiera la justicia franquista porque uno había sido capitán en el ejército republicano y el otro redactor jefe del periódico socialista asturiano. Fueron presos, condenados, pero al poco tiempo liberados. Paco Ignacio trabajaba en la librería Cervantes y allí lo iba a visitar Ángel muchos días a la hora de cerrar. Él cuenta cómo su amigo le escribió un poemilla que puede ser de los primeros. Se había enamorado de una muchachita de Oviedo llamada Mari Carmen que llevaba calcetines blancos. Ella tenía una historia familiar bastante triste, pues su padre desapareció en el mar; ella y su madre se quedaron con un tío y dos primos que fueron asesinados y llegaron a vivir la dos en una cueva. En 1938 Paco Ignacio la conoció frente al Instituto Jovellanos y se hicieron novios cuatro años después. Ángel le escribió hacia 1943 este poemilla en un papel que en el año 1994 en Nueva York la pareja le mostró al poeta:
No sé por qué
me ha conmovido tanto
la historia de tu novia
con calcetines blancos.

El tercero de la pandilla era el hermano del anterior, Amaro Taibo, que trabajaba en una farmacia y era el menor del grupo.

Otro componente de aquella peña era Manuel Lombardero, el cual conoció a Ángel a través de Paco Ignacio Taibo. Era huérfano de un minero y tenía un tío en la cárcel condenado a cadena perpetua, aunque luego fue beneficiándose de perdones y amnistías y consiguió la libertad. Trabaja también en la librería Cervantes.

El último miembro de la pandilla, el único además que estudiaba era Ángel, o mejor, “Angelín” que era como en su familia se le llamaba. Así nos lo describe su amigo Paco Ignacio:
Cuando yo lo conocí, Ángel González tenía trece años; era un chico alto, más grueso que delgado – pero no gordo- ; tímido, obsequioso con los mayores; cariñoso con su madre – que tenía la voz y la apariencia de una abuelita de cuento infantil y con la que se le veía a menudo por las calles de la ciudad.
Era más pintoresco que yo y menos pintoresco que Benigno, tan apacible como Amaro y menos sarcástico que manolo. Su humor resultaba suave y un poco triste en ocasiones.
La casa de Ángel era la más grande y la más céntrica y les servía de refugio cuando el tiempo era desapacible. Además, estaba dotada de una importante biblioteca familiar, con el Espasa y abundancia de obras de pedagogía (no hay que olvidar que la familia está muy ligada al magisterio), aunque también había colecciones de revistas ilustradas y Las Mil y Una Noches, en traducción del francés de Blasco Ibáñez.

Los domingos iban al cine a primera hora de la tarde. Rara vez salían de noche, pero si lo hacían, partían de la casa de Ángel. Y allí, recuerda Manuel Lombardero, “era de ver cómo las tres mujeres que lo atendían, le mandaban y en él tenían puestas sus esperanzas, recomendaban a cada uno de nosotros que hiciéramos de ángeles tutelares de su Ángel particular:
- Benigno – encomendaba la hermana – tú, que eres el mayor, cuida de Ángelín.
- Paco Ignacio – apuntaba Soledad – sed buenos. Y que Ángelín no beba (recomendación inútil porque ninguno de nosotros bebía)
- Manolín – decía doña María al tiempo que me daba una palmada cariñosa -, no estéis hasta muy tarde ¡que Angelín vuelva pronto!”
Es evidente que estos desvelos, especialmente de la madre, estaban más que justificados, reconoce Lombardero, porque la guerra le había matado un hijo y enviado otro al exilio; “de los cuatro varones que alegraban la casa pocos años antes le quedaba tan sólo el benjamín y vivía en la continua congoja de perderlo”.
Sin embargo, a pesar de estos cuidados, ellos reconocen que no era un niño engreído ni endiosado, sino con una personalidad bien definida y un trato muy agradable. El propio Ángel afirma:
“Mi infancia fue muy feliz porque fui un niño muy querido, no mimado, pero sí muy querido y atendido”.
A pesar de que sólo Ángel era estudiante, eran todos bastante amantes de la poesía. Y una de sus diversiones cuando salían de excursión era ir repitiendo en voz alta versos. Así lo hacían con un poema de Gerardo Diego; uno decía:
Ayer mañana
los días niños cantan en mi ventana.
Y otro seguía:
Las casas son todas de papel
Y el otro remataba:
Y van y vienen las golondrinas
doblando y desdoblando las esquinas.

El grupo se vio bastante afectado cuando la familia Taibo marchó a Gijón, que distaba sólo 24 km. de Oviedo pero el precio del billete de ferrocarril constituía un inconveniente mayor que la distancia para reencontrarse, aunque lo hicieron algunos fines de semana. En Gijón, Amaro comenzó los estudios de maestría industrial y Paco Ignacio entró enseguida a trabajar como reportero de sucesos y temas locales en un periódico de la ciudad, El Comercio.

Llevados por su espíritu soñador, planearon marchar a Brasil. La idea se le ocurrió a Benigno un día y los demás se pusieron a planificar cómo sería esa nueva vida en aquel país. Incluso escribieron al gobierno brasileño exponiendo su deseo. Le decían que Benigno era cerrajero; Amaro, perito industrial; Manuel, técnico mercantil que se encargaría de la comercialización de los productos que cultivaran y Paco Ignacio que era polivalente. Les llegó una respuesta del Ministerio de Agricultura brasileño, diciéndoles que estaban dispuestos a darles unas hectáreas en el estado de Mato Groso; y también créditos para comprar maquinaria y establecerse allí. Miraron un atlas, comprobaron dónde estaba el Mato Groso y se asustaron, porque los terrenos estaban en la selva virgen, donde abundaba el jaguar, la serpiente y el indio nativo y salvaje. Y se quedaron en Asturias.

Eran un grupo compacto, aunque variado en sus caracteres. El propio Paco Ignacio los define: él, hablador; Amaro, apacible; Benigno, pintoresco; Manuel, sarcástico y Ángel, un poco inundado de tristeza.

El grupo se disolvió allá por los años 50: Benigno se fue a Venezuela, los hermanos Taibo, a Méjico; Manuel, a Barcelona y Ángel, a Madrid. Pero no perdieron el contacto; incluso en 1994 se juntaron todos en Nueva York para hacerse una fotografía que era una réplica de la que cincuenta años antes se habían hecho en Oviedo.

Después de estos amigos de infancia y adolescencia, Ángel se integra en otro segundo grupo de amigos, ya relacionados con la literatura, a su llegada a Barcelona ya en 1955. Llegó allí y, con la recomendación de Vicente Aleixandre. Este le dio el teléfono de Carlos Barral y, a través de él, conoció a todos los demás. Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Alfonso Costafreda, Caballero Bonald y Gabriel Ferrater entre otros. Se cuenta como anécdota que, la primera vez que llegó Ángel a reunirse con ellos, ellos lo tomaron por policía, pues se sabían considerados sospechosos por sus ideas en contra de la Dictadura. Sólo llamando a Aleixandre, volvieron a confiar en Ángel.
A todos les unían afinidades poéticas y políticas y también, reconoce Ángel, una misma manera de vivir, de ver la vida, gustos semejantes, incluso para divertirse. En esa diversión el alcohol ocupaba un lugar importante. El porta lo reconoce cuando dice:
“Es cierto que fuimos una generación bastante alcohólica”

Hubo un acontecimiento que unió y consolidó bastante a este grupo de poetas, y fue la conmemoración en 1959 del vigésimo aniversario de la muerte de Antonio Machado en Colliure. Allí se reunieron todos en unos días de convivencia feliz, realmente inolvidables. También intentaron llevar a cabo otro homenaje a Machado en Baeza (Jaén), donde se iba a poner en una muralla una escultura dedicada al poeta, acto para el que se consiguió la autorización necesaria. Pero llegó una multitud tan grande que el mismo día del homenaje se anunció la suspensión del mismo. La Guardia Civil cerró los accesos al pueblo pero algunos ya estaban dentro e intentaron ir en grupo al lugar de la escultura. Pero, cuando estaban llegando, la policía – los grises de entonces-cargaron sobre ellos de manera inmisericorde y Ángel dice: “corrimos como liebres”.

Hay un tercer grupo de amigos, ya en la madurez, en Madrid, con los que hasta su muerte compartió no sólo poesía, sino también música, alcohol, tertulia y diversión en noches tan largas como intensas. Su amigo y también gran poeta Jaime Gil de Biedma, habla de cómo era maravilloso compartir con él el la diversión:
En una ciudad o en la otra, beber y trasnochar con él era una maravillosa excursión a la sobrerrealidad, una romería en que todo género de persona o de suceso inesperado podía sobrevenir.
Entre los que ya en Madrid pudieron tener estas experiencias de juerga y de amistad, la pareja formada por Luis García Montero y Almudena Grandes tiene un lugar preponderante; además, Chus Visor, Felipe Benítez Reyes, García Hortelano e incluso Joaquín Sabina. Ellos son los que vivieron en primera persona el trance de su muerte el 12 de enero en Madrid.

Lo cierto es que tanto los amigos más lejanos en el tiempo como los más cercanos, todos guardan de su trato con Ángel una huella y un recuerdo cargado de sincero aprecio y cariño que el tiempo no borrará.

4. Sus oficios y aficiones
Comenzando por las AFICIONES, tras profundizar en su vida, hemos podido identificar tres: la música, la pintura y la poesía. Está claro que sólo consiguió destacar en la tercera que se convirtió de afición en profesión y que es la que le ha dado la celebridad.

En cuanto a la música, es para él una pasión y ello se trasluce en muchos de sus poemas salpicados de referencias musicales, como por ejemplo este en el que describe un crepúsculo en el verano de Alburquerque introduciendo retazos que entran dentro del campo semántico de la técnica musical:
¡Sol sostenido en el poniente, alta
polifonía de la luz!.
Desde el otro confín del horizonte,
la montaña coral
-madera y viento –
responde con un denso acorde cárdeno
a la larga cadencia de la tarde.

Sobre esta afición por la música desde muy pronto,el propio Ángel afirma:
“Desde niño sentí un enorme interés por la música. La primera vez que oí tocar un piano creo que estuve a punto de sufrir un desvanecimiento, sentí una rara sensación como de mareo, y tendría yo entonces tres o cuatro años. Por desgracia, en mi casa no había instrumentos musicales, nadie en mi familia se interesó por la música”

A través de sus propias palabras conocemos cómo empezó a coquetear con un instrumento, concretamente la guitarra. Tenía Ángel once años, y la guerra estaba recién comenzada cuando cerca de su casa se acuartelaron tropas de moros y legionarios. En su barrio había una frutería que, debido a las circunstancias, el dueño, José, transformó en taberna. Entre los clientes asiduos estaba Santiago, sargento jefe de la banda de cornetas y tambores de la Legión. El poeta nos lo describe en uno de sus cuentos como “un joven bajito, rubiasco, con las piernas torcidas como de haber montado mucho a caballo, aunque me parece que aquella peculiaridad habría que atribuirla, antes que a la práctica de la equitación a descalcificación infantil”.
Este sargento iba a la taberna con una guitarra y cantaba canciones argentinas con una voz bastante afinada. El niño Ángel era su auditor más fiel y entusiasta y no se iba de la taberna hasta que no terminaba de cantar el sargento. Este, un día, le dejó el instrumento y le explicó los acordes básicos de la guitarra. Las lecciones continuaron algunas semanas. A Ángel le hubiera gustado prolongarlas pero no pudo ser porque un día vio a este militar tendido en la hierba en los terrenos del antiguo Hospital de Asturias que era objeto de frecuentes bombardeos. Parece ser que al sargento le había entrado por la parte posterior del cráneo un pequeño trozo de metralla que acabó con su vida.
Uno de sus amigos, Manuel Lombardero, recuerda que estuvo una temporada – casi medio año – ahorrando para comprar una guitarra que le costó ciento cincuenta pesetas, que en aquella época era mucho dinero. Luego se compró un violín y lo tocaba delante de sus amigos en la habitación principal de su casa en lo que había sido despacho de su padre. Pero ya en la madurez, la estampa del poeta tocando la guitarra en esas reuniones nocturnas con los amigos se ha quedado grabada en todos los que han compartido esos entrañables ratos con el poeta.

En relación con la pintura, también sintió por ella gran afición, incluso ilustró algún libro, siendo sus pintores preferidos, entre los españoles, Goya y Velázquez y, entre los europeos, Cézanne.

Sobre su afición a la poesía, comienza siendo compartida por aquel grupo de amigos de la infancia. Ángel tenía fácil acceso a los libros, en primer lugar porque en su casa había una biblioteca notable y, en segundo lugar, porque dos de sus amigos, Paco Ignacio y Manuel trabajaban en una librería y él acudía frecuentemente allí. Por esta librería apareció un hombre bastante curioso, vendedor de libros a plazos, llamado Luis Landínez. Él les enseñaba algunas poesías suyas impresas y les hablaba de Miguel Hernández- del que ellos ya habían leído algo – y de Vicente Aleixandre, al que este hombre había tratado personalmente. Se hizo amigo de estos adolescentes y Ángel le mostró los poemas que había escrito. Landínez fue el primer orientador que tuvo nuestro poeta, según uno de sus amigos. Fue en su estancia en Páramo del Sil donde esa afición a la poesía se fraguó aunque hay que esperar a 1955, teniendo ya el poeta treinta años para que consiguiera un primer reconocimiento pues en ese año le fue concedido un accésit del Premio Adonais, el más prestigioso en poesía, por su obra primera, Áspero mundo, que se publicaría un año después.

Por lo que respecta a sus OFICIOS, hasta llegar a conseguir una cierta estabilidad como profesor en América, pasó por bastantes.
Ángel había estudiado el bachillerato en Oviedo, gracias sobre todo al empeño de su madre. Una vez acabado este, se matriculó por libre en la carrera de Derecho, estudios que iba simultaneando con Magisterio, la carrera familiar. Se hizo a la vez, abogado y maestro, aunque él mismo reconoce que la profesión de abogado no le interesaba nada. Pero esta formación la completó con un cursillo de cuatro meses para conseguir el carnet de periodista, profesión a la que sí pensaba dedicarse aunque no tuvo suerte.

Con este bagaje de estudios, el primer trabajo que desempeñó fue el de maestro durante una breve temporada en Primout, una aldea próxima a Páramo del Sil. Corría el año 1947. Allí había una vacante porque se había vuelto loca la maestra; antes se había vuelto loco el cura y, aunque el salario era muy bajo, ocupó esa plaza. Para llegar había que cruzar una montaña, en parte a pie y en parte a caballo. Allí no había ni taberna, ni estanco, ni panadería ni médico, ni siquiera cura, nos declara el poeta; ni tampoco luz eléctrica. Los domingos por la tarde, los jóvenes bailaban valses al son de un pandero. Vivían allí unas 15 ó 20 familias y Ángel sólo estuvo tres meses.

Cuando regresó a Oviedo, resultó que uno de los tres periódicos locales – La Voz de Asturias – se quedó sin crítico de música. Él se ofreció para aquel trabajo y lo aceptaron, firmando las críticas musicales con el seudónimo de Bercelius. Fue entones cuando realizó el cursillo que le valió el carnet de prensa, cursillo que pudo realizar gracias a la recomendación del Obispo de Madrid, que obtuvo por medio de su secretario, un cura amigo de su familia. Pero este carnet le sirvió de poco porque las plazas de redactor estaban reservadas para personas de confianza. Él sufrió una gran decepción pues le torturaba el hecho de no ganar dinero para evitar que su madre tuviera huéspedes en su casa.

Aunque hizo en Madrid algunos trabajos periodísticos aislados, se convenció de que no valía la pena dedicarse al periodismo pues era como convertirse en cómplice de la situación. Y empezó a preparar oposiciones al Ministerio de Obras Públicas, que aprobó al segundo intento. Movido por un impulso exótico, pidió como destino todas las capitales andaluzas y le tocó Sevilla. Allí no se encontró a gusto no sólo por el calor sino porque reconoce que no ganaba lo suficiente para pagar la pensión, para lo que su prima Carmen Labra le enviaba algún dinero. Acabó pidiendo la excedencia. Corría el año 1954.

De allí marcha a Barcelona donde trabaja como corrector de estilo en algunas editoriales y donde conoce a un grupo importante de personalidades literarias. Estando allí se le concede el accésit del Premio Adonais.

Ya en 1956 vuelve a Madrid reincorporándose al funcionariado y desde entonces hasta 1972 trabaja como funcionario de Obras Públicas. El dice que: “era un trabajo cómodo que me permitía leer e incluso escribir poemas en horas de oficina”.

Mediados los años 50, comienza a viajar por Europa. Primero a Londres, gracias a una beca para estudiar poesía inglesa allí, tarea que él reconoce que no cumple porque lo que pretendía era quedarse allí lavando platos si era necesario y aprender inglés. Pero no consiguió ni ese empleo y en cuanto se le acabó el dinero de la beca, que sólo le duró dos meses, vuelve a España.

Luego, empezó a asistir a Congresos político-literarios en Italia, Helsinki (donde conoció a Neruda y a Sartre), y en 1968 a Berlín Este, coincidiendo con el famoso mayo francés. Después visitó Praga y allí vivió la primavera del 68. Este hecho le marcó bastante y le supuso su abandono del Partido Comunista, al que se había afiliado por motivos más morales y personales que ideológicos, según confiesa él mismo. Pero cuando conoció cómo los tanques soviéticos aplastaron aquellas esperanzas de libertad, sintió su decepción definitiva del comunismo y dejó la militancia. Reconoce posteriormente que, aunque tiene opiniones políticas, “dejo la política a los políticos”.

En el año 1970, con varios libros ya publicados y gozando ya de un cierto renombre, viaja por primera vez a América. Se decidió a ir porque ya su madre había muerto el año anterior. Primero estuvo en Méjico, después pasó por Nueva York, Utah y otras Universidades hasta que ya en 1973 obtiene plaza de profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Alburquerque, en el estado de Nuevo Méjico, y este es el último y más duradero trabajo del poeta, dividiendo a partir de entonces su vida entre Alburquerque y Madrid. El mismo nos habla de este ir y venir:
“Estados Unidos es el país de las mil caras, y no todas son hermosas. En cualquier caso, nunca me sentí fuera de España, a donde vuelvo con frecuencia y por largas temporadas, como hice siempre. En Nuevo Méjico vivo gustosamente bastante aislado y un tanto aburrido, pero eso tiene un lado positivo: me obliga a trabajar y allí hago lo poco que hago. En España, en cambio, me divierto mucho pero no sé hacer otra cosa. Necesito los dos espacios, ir y volver. Creo que ya no podría quedarme en uno de ellos para siempre”.

Pues en este ir y volver, la muerte le sobrevino aquí, en su ciudad de diversión y goce, en su Madrid de juergas nocturnas, de noches eternas de guitarra y alcohol, de Luis, Almudena y Susana cantando boleros con él a la guitarra, un triste doce de enero de un fatídico 2008.

4.- SU POESÍA
Es evidente que el conocimiento del marco familiar, social, profesional.. del poeta nos puede ayudar a comprender mejor su obra, aunque de lo que se trata con la poesía no es tanto de comprenderla como de disfrutarla. Y la poesía de Ángel González es susceptible de ser disfrutada por todos los públicos, al menos por todos los que sean proclives al arte poético, por los que tengan la sensibilidad suficiente para emocionarse con la palabra, que es la protagonista.

Hemos podido concluir, tras el conocimiento de sus datos personales, que no estamos ante un hombre ensoberbecido de sí mismo, engreído y poseído de una autoestima que lo haga considerarse superior a nadie. Todo lo contrario, es la suya una figura sencilla, accesible y cercana al menos con los amigos. No se las da por tanto de poeta eximio y de ello es buena muestra esta respuesta en una entrevista que le realizaron:
- Dime, Ángel, ¿cuándo supiste que eras poeta?
- Cuando me lo dijeron.
Está muy lejos por tanto, de esa visión del poeta como un semidiós que recibe de los cielos el fuego de la inspiración que nos está vedado al resto de los mortales. He aquí su visión del quehacer poético, no exenta de esa ironía tan propia:
Me gusta decir que escribo poesía a partir de algunas ocurrencias. La palabra “inspiración” tan grata para muchos, me resulta pretenciosa porque alude a ciertas indeseables interferencias de los dioses en los trabajos humanos: una especie de soplo divino fecunda la inspiración del poeta. Es una palabra, por otra parte que a mí, tan temeroso siempre de las Altas instancias, me asusta; pienso que, si hablamos de inspiración, puede haber dioses que crean que los estamos llamando soplones. La palabra “ocurrencia”, en cambio, además de ser inofensiva, es desacralizadora, desmitificadora, deja el quehacer poético dentro de los límites naturales del hombre

Pero uno no empieza a crear versos desde la nada, sino que es innegable que las lecturas realizadas están en la base de su tarea. Así lo reconoce nuestro poeta:
Uno no es poeta por dentro, sino que se hace poeta a través de la lectura y todo poema procede de otro poema.
Él empieza a leer poesía de manera más continuada durante la época de la tuberculosis, porque, según él, “la poesía es una lectura que no se gasta; en cambio, lees una novela y ya está consumida”. Empieza a leer a la generación del 27 y a Neruda.
Si embargo, hay a lo largo de su vida, tres poetas por los que él siente especial admiración.
El primero es Juan Ramón Jiménez. Reconoce que el comenzar a leerlo fue “un deslumbramiento”. Según él, el poeta de Moguer le abrió un mundo nuevo y para él, al principio llegó a ser el único y creó un nuevo lenguaje, una nueva escritura.
Pero más tarde rectificó esta opinión y pasó a considerar a Antonio Machado como el gran poeta de su tiempo, considerándolo como mucho más hondo, misterioso y profundo que Juan Ramón, pues esa “indiferencia absoluta por la vida” que él reconocía, no le convencía a un Ángel ya más maduro. Sin embargo, en Machado descubrió, bajo su lenguaje poco o nada novedoso, “un mundo complejo y hondo de ideas y de sentimientos que irradia un inagotable halo de sugerencias” . Es decir, había en él una cercanía al hombre, a la vida, que no aparecía en Juan Ramón. Para Ángel, “Machado fue un excelente antídoto contra las nuevas tendencias que insisten en alejar el arte de la vida”. Esta influencia machadiana en el poeta asturiano ha sido muy estudiada. En un artículo publicado en Litoral (2002), Xelo Candel Vila, afirma sobre este tema:
“Esta idea de conjugar la intimidad con la Historia, el conocimiento del yo con la reflexión colectiva, lo privado con lo público, es el principal nexo de unión entre la poética de Ángel González y la de Antonio Machado.”

Un último y gran deslumbramiento tuvo nuestro poeta y fue el peruano César Vallejo. Así lo confiesa el poeta asturiano:
“A César Vallejo lo descubrí tarde, cuando ya había escrito mi primer libro, pero me produjo una impresión enorme y eso sin duda tiene que notarse en mi poesía. Yo había descubierto un lenguaje nuevo con Juan Ramón Jiménez, pero en Vallejo volví a descubrir otra forma diferente de hacer poesía. Y no me fue posible escribir igual después de haber leído su obra”

Tras rastrear las fuentes literarias de su obra, se hace conveniente el enmarcar al poeta en un grupo determinado, algo que, en su inmensa mayoría, rechazan los autores pero que los estudiosos no se resignan a hacer. Pertenece el poeta asturiano a lo que se ha llamado “la generación de los 50” al igual que otros poetas como Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo; Caballero Bonald y Francisco Brines. Todos estos autores comparten los siguientes rasgos:
- Conciencia crítica: se realiza una crítica de la situación española de la posguerra. A pesar de ello, a nuestro poeta no le gusta la expresión “poesía social” sino más bien “poesía crítica”. Ángel González alude en varias ocasiones a la necesidad de usar todos los elementos retóricos para referirse a la realidad histórica del momento, pero su dolor no lo formula en forma de grito desgarrador o exclamaciones agónicas, sino que su verso fluye sereno, sin altibajos ni violencias sintácticas, buscando siempre la complicidad del lector pero sin necesidad de llegar al desgarro o al escándalo, sino envolviendo su lamento en lo que Juan Marsé llama “humor socarrón y doliente”
- Resignación: conformidad con unas formas de ser reveladas a través del pensamiento escrito.
- Temporalismo: el tiempo no será más que el aniquilamiento y, a través de él, sólo es posible el conocimiento. El tiempo invita a la reflexión y a los propósitos. Los poemas se desarrollan sobre la realidad de los propios aconteceres de los poetas.
- Poesía como medio de conocimiento: Son muy relevantes las palabras de Gil de Biedma: “En principio, la poesía me parece una tentativa, entre otras muchas, por hacer nuestra vida un poco más inteligible, un poco más humana”.
- Tono poético narrativo: cada verso guarda una estrecha relación interactiva con el anterior y el siguiente.
- Ironía: en el uso de este recurso destacan Gil de Biedma y Angel González. Es este un recurso que hace más atractiva su poesía. El propio Ángel reconoce que fue una estrategia necesaria en los tiempos de la censura para que el lector “oyese” lo que estaba prohibido decir. Para él, en una entrevista que le realiza su amigo Luis García Montero para la Revista Litoral, la ironía es también “Una manifestación de pudor, que me permite tratar determinados asuntos dolorosos sin dramatizarlos, distanciarme de ellos. En muchos de mis poemas, la ironía es a la vez forma y fondo, expresión y contenido”. Además el propio autor es consciente de que “la ironía estimula la imaginación del lector, le obliga a mantenerse alerta, pues es él quien tiene que descubrir la información no enunciada que los textos irónicos proponen. Y ese descubrimiento produce sorpresa, desfamiliariza lo cotidiano, que es una de las grandes virtudes de la poesía. La sorpresa súbita ante las cosas que habitualmente vemos con indiferencia es la chispa que pone en marcha la escritura y, en justa correspondencia, el descubrimiento en el texto de lo inesperado impide que la lectura derive en aburrimiento”. He aquí un ejemplo en un poema en el que critica a los poetas de los 70, que no se preocupan de los problemas de su tiempo, sino que solo buscan la perfección formal, los llamados “novísimos”:
ORDEN. (POÉTICAa la que otros se aplican)
Los poetas prudentes,
como las vírgenes –cuando las había-,
no deben separar los ojos
del firmamento.
¡Oh, tú, extranjero osado
que miras a los hombres:
contempla las estrellas!
(El Tiempo, no la Historia.)
Evita
la claridad obscena.
(Cave canem.)
Y edifica el misterio.
Sé puro:
No nombres; no ilumines.
Que tu palabra oscura se derrame en la noche
sombría y sin sentido
lo mismo que el momento de tu vida.

Es verdad que no tiene una obra muy abundante. En casi cincuenta años, 1956 (Áspero mundo) hasta 2001(Otoños y otras luces), sólo da a luz nueve libros y algunos con pocos poemas. Toda la obra, reunida con el sugestivo título de Palabra sobre palabra, está presidida por la búsqueda de la palabra poética exacta, justa, precisa a la vez que imaginativa. A pesar de esta unidad, los críticos coinciden en señalar tres etapas:

La primera etapa estaría presidida por el deseo de reflejar la realidad histórica circundante y de transformar el mundo a través de la palabra y toda esta intención se reviste de un sentimiento de decepción ante la situación de España y ante la suya propia. Ya en el primer poema de su libro Áspero mundo, se define como un escombro tenaz, que se resiste/ a su ruina. Y en el mismo poema, varios versos más abajo, nos habla también de él como el éxito /de todos los fracasos. Pero seguramente esa sensación de fracaso y, sobre todo, de soledad y de hastío, en medio de la ciudad, está más patente en el siguiente poema:
Aquí, Madrid, mil novecientos
cincuenta y cuatro: un hombre solo.
Un hombre lleno de febrero,
ávido de domingos luminosos,
caminando hacia marzo paso a paso,
hacia el marzo del viento y de los rojos
horizontes -y la reciente primavera
ya en la frontera del abril lluvioso...-
Aquí, Madrid, entre tranvías
y reflejos, un hombre: un hombre solo.
- Más tarde vendrá mayo y luego junio,
y después julio y, al final, agosto -.
Un hombre con un año para nada
delante de su hastío para todo.

A partir de 1971, con el libro Breves acotaciones para una biografía, el propio autor reconoce que se inicia una segunda etapa, que hay un cambio de orientación, intensificándose la tendencia al juego y a derivar la ironía hacia un humor que no rehúye el chiste, la frivolización de algunos motivos y el gusto por lo paródico. Juega con la palabra con una gran maestría. A veces importa versos de otro, como Bécquer:
Poesía eres tú,
dijo un poeta
-y esa vez era cierto-
Mirando al Diccionario de la Lengua
En otras ocasiones, tomando como base la letra de una canción, juega con ella con ironía consiguiendo efectos humorísticos que denotan un tremendo ingenio:
Ese lugar que tienes,
cielito lindo,
entre las piernas,
ese lugar tan íntimo
y querido,
es un lugar común.
Por lo citado y por lo concurrido.
Al fin, nada me importa:
me gusta en cualquier caso.
Pero hay algo que intriga.
¿Cómo
solar tan diminuto
puede ser compartido
por una población tan numerosa?
¿Qué estatutos regulan el prodigio?

En algunos poemas, toma como base algo tan propio de nuestra lengua como los refranes o incluso frases de evocación religiosa y les da un toque de agudeza que refleja, especialmente cuando se trata del plano de la fe, esa increencia que caracteriza a este hombre:
Deja para mañana
lo que podrías haber hecho hoy.

Por sus ujieres los conoceréis

Malaventurados los que aman
porque de ellos será el reino de los celos

Muy curioso es este poema en el que refleja una escena evangélica tan conocida como aquella de Pilatos, en la que este se desentiende del problema que se le plantea al traerle a Jesús ante él. En el poema Final Conocido, nuestro poeta en una mezcla de humor, ironía e imaginación, reconvierte y actualiza la escena de la siguiente manera:
Después de haber comido entrambos doce nécoras,
alguien dijo a Pilatos:
-¿Y qué hacemos ahora?
Él vaciló un instante y respondía
(educado, distante, indiferente):
-Chico, tú haz lo que quieras.
Yo me lavo las manos.


La tercera etapa estaría ejemplificada por sus dos últimos libros: Deixis en fantasma (1992) y Otoños y otras luces (2001).En ella la expresión se vuelve más sobria y, aunque no abandona del todo, ese juego con la palabra, hay un tratamiento más profundo sobre el paso del tiempo, la vida o el amor, impregnado muchas veces por un tono elegíaco. Un gran estudioso de la obra de AG, Andrew P. Debicki opina así de su último libro:
“Se destaca un tono contemplativo, frecuentemente elegíaco, que ya podía haberse notado en le obra anterior del poeta, pero que ahora pasa a primer plano, y que para mí sitúa este volumen al nivel de la mejor poesía meditativa de nuestra época. Su efecto se logra, a menudo, por la eficacia con la que imparte valores simbólicos a paisajes, a detalles del tiempo (temperatura, viento…), y a elementos comunes de la realidad, otorgando amplitud y trascendencia a asuntos aparentemente ordinarios.”
Ejemplo de ello es la Canción de amiga, poema incluido en su último libro en el que podemos apreciar, en primer lugar, algo muy frecuente en el poeta como es el recurrir a la meteorología o el calendario, pero que no se queda ahí, sino que hay una maravillosa transición de la temperatura exterior a la interior, del frío de fuera marcado en el termómetro al frío íntimo provocado por el desamor:
Nadie recuerda un invierno tan frío como éste.
Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas son destellos de hielo.
Helado está también mi corazón,
pero no fue el invierno.
Mi amiga,
mi dulce amiga,
aquella que me amaba,
me dice que ha dejado de quererme.
No recuerdo un invierno tan frío como éste.

Casi 500 poemas, concretamente 496, conforman su obra completa que él titula “Palabra sobre palabra”. Son casi quinientos motivos para el disfrute y el goce, son casi quinientas perlas cultivadas que ponen en juego el valor de la palabra, su capacidad para sugerir y para crear belleza, son casi quinientas invitaciones al lector para hacerse cómplice con el poeta, porque la poesía de Ángel González necesita más que lectores, cómplices que la hagan suya, cómplices que se contagien de esos sentimientos en torno a la vida o al amor, cómplices que compartan con él ese desaliento pero al mismo tiempo esas ganas de vivir que se traslucen en cada verso.

Es verdad que, como decía al principio, no soy objetivo cuando hablo del poeta asturiano, pero creo que nadie, a poco sensible que sea, puede quedar indiferente cuando lee:
Me he quedado sin pulso y sin aliento
separado de ti.
o
Cuando tengas dinero, regálame un anillo;
cuando no tengas nada, dame una esquina de tu boca.
o
El mar mordía los acantilados
con sus dientes de espuma verde y blanca
o
Cuando me duermo, un sol recién nacido
me mancha de amarillo los párpados por dentro.

Estas son sólo unas pequeñas perlas que se integran en un tesoro de valor incalculable, un tesoro en que hay miércoles que por la tarde se vuelven casi lunes, u hombres que se mueren diez centímetros tan sólo, o fábulas para ser leídas por animales, o nombres de mujer que modifican el cuerpo o un río que se mueve más o menos rápido siguiendo el ritmo de una mujer o aquella máquina que muere con olor a chatarra o cucarachas que protestan porque el poeta lee por las noches… Y todo ello, edificando con maestría palabra sobre palabra, buscando siempre, la palabra poética exacta, justa, precisa a la vez que imaginativa.

Por esa perfección y exactitud, no es exagerado afirmar que el 12 de enero de 2008 se nos ha ido uno de los grandes poetas de la literatura española y cuya lectura es un revulsivo y un estímulo en aquel que la realiza. Nadie queda indiferente después de leerlo, ninguna sensibilidad queda inalterada. Un escalofrío nos recorre de arriba abajo, algo turba nuestra tranquilidad, y así lo expresa, aunque de una forma más plástica y directa que yo me atrevería a hacerlo, el cantante y compositor Tito Muñoz:
Se me caen los cojones al suelo
cuando leo
versos de Ángel González,
que ya es viejo
y a quien yo no conozco de nada
desde hace mucho tiempo.

Se me quitan las ganas de escribir
al amar
hasta las cucarachas que describe.
Me cohíbe su ayer
que fue miércoles toda la mañana
y por la tarde
se puso casi lunes.

(…)
Así que espero que aparezcan tus muelas
y los dientes
que te arrancó el dentista
cuando niño.
Que vuelvan a la encía que merecen
para que nadie te escuche balbucir
-mientras yo viva-
textos tan bellos.



Bibliografía consultada:
-García Jambrina, Luis (2000). La promoción poética de los 50. Madrid. Espasa Calpe
-Guillén Acosta, Carmelo (2000). Poesía 1935-2000. Barcelona. Casals
-Payeras Grau, María (2006).Palabra sobre palabra. Pensamiento y evolución poética en Ángel González. Santa Cruz de Tenerife. La Página Ediciones.
-Provencio, Pedro (1988).Poéticas españolas contemporáneas. La generación del 50.Madrid. Hiperión.
- VV.AA. (2006) .Ángel González, un clásico de nuestro tiempo. Almería. Universidad de Almería
-VV.AA (1990).Una poética de la experiencia y la cotidianidad. Revista Anthropos, nº 109,
-VV.AA. (2002) . Ángel González. Tiempo inseguro. Revista Litoral. Nº 233



EN EL RECUERDO
Reacciones tras su muerte

Ángel era un verdadero epicúreo, que conocía muy bien aquello que dijo el maestro de la aritmética, de los placeres, su uso moderado y fértil…Ángel fue un gran conversador y una persona realmente entrañable.
Luis Antonio de Villena (EL MUNDO, 13/1/08)

¿Qué ha muerto Ángel?¿Cómo va a ser eso? Si hasta ayer mismo era el anciano más joven del mundo, el chavalito enamorado a los ochenta y tantos, el que nunca miraba el reloj cuando llega esa hora imprudente en que todos miramos por prudencia el reloj, el último de la fiesta, el primero que se levantaba con el propósito de proseguir lo interrumpido, ¿Cómo va a ser eso?
No sé si puedo seguir. El hombre bueno, de corazón tan limpio, el gran peta de la voz irónica y delicada, el amigo irreemplazable… ¿Cómo vamos a lidiar esta nostalgia, con qué vamos a engañar esta pena?. No sé, Ángel, llama por favor para decir que no te has muerto, que no vas a morirte nunca. Que esto no puede ser. Que quedan cosas pendientes, aunque sean pendientes de un hilo.
Felipe Benítez Reyes (EL MUNDO, 13/1/08)

Ángel González perteneció a esa generación del exceso, un poeta que fumó, bebió, vivió y amó mucho, que fue gran amigo de sus muchos amigos, y que al final, aunque ya no esté, no puede morir, pues como dice en uno de sus poemas titulado irónicamente Inmortalidad de la nada: “Todo lo consumado en el amor / no será nunca gesta de gusanos”.
J.M. Plaza (EL MUNDO, 13/1/08)


Con Ángel González era imposible celebrar otra cosa que ni fuera la alegría de vivir. Y su manera de vivir fue siempre contagiosa.
La vida de Ángel es una sucesión de poemas, viajes, copas, noches y amigos, que se mezclan ahora que se ha ido como el mejor recuerdo posible. El magnetismo de su bonhomía era el eslabón que nos unió, que hizo que en cada encuentro se dejara un sitio a la felicidad.
Una vida ejemplar, a pesar de la mala reputación de la palabra, porque a su lado se encontraba siempre un sitio cómodo y un lugar civilmente amable.
Miguel Munárriz (EL MUNDO, 13/1/08)

Hace muchos años que muchas cosas que no sabíamos cómo decir ya las había dicho Ángel González. Y, por suerte, también las había escrito. Y crecimos con su poesía construida con aspereza y otras luces. Era luminoso, tenía el éxito de todos los fracasos, resistía, luchaba contra el viento y contra sí mismo. Ganó la batalla de ser el más esencial, llamándose nada más, nada menos, que Ángel González.
Javier Rioyo (EL MUNDO, 13/1/08)

Para que uno de mis poetas favoritos se llamase Ángel González “fue necesario un ancho espacio / y un largo tiempo”. Para que yo lo conociera, bastó con que una amiga me regalase, en 1968, su Tratado de Urbanismo. A partir de entonces me enamoré, fugazmente y para siempre (como se enamoran todos los seres humanos) de la poesía de Ángel, que me ha acompañado en los últimos cuarenta años con una fidelidad y una constancia dignas de ser escritas con mayúsculas en un libro de emblemas barroco.
Luis Alberto de Cuenca (ABC, 13/1/08)

Nunca he conocido a un poeta que se pareciera tanto a sus poemas como Ángel González. Hay poetas que son más locuaces o más melancólicos o más ingeniosos en la vida que en la poesía, o al contrario, que reservan para la poesía algunos atributos fundamentales del metal de su conciencia. Pero Ángel González, no. Había en él la misma proporción de dignidad y sencillez, de humor y de pudor, de inteligencia y despojamiento que en sus poemas, un equilibrio difícil, como todos los equilibrios, que él llevaba con naturalidad y con una especie de vitalismo escéptico.
Luis Muñoz (ABC, 13/1/08)

Puedo leer las cartas más hermosas en esta mañana, cuando el poeta de cabecera se nos ha ido para siempre, el escombro tenaz que se resistió a la ruina, que luchó contra el viento, que avanzó por caminos que no llegan a ningún sitio: “el éxito de todos los fracasos, la enloquecida fuerza del desaliento”. Se me han caído los palos del sombrajo con este hachazo inesperado en el tronco de mi propio árbol, y el ramaje está inmóvil pese al vendaval.
Faustino F. Álvarez (LA RAZON, 13/1/08)

Me enseñó a incorporar la ironía a mi poesía. Me hizo darme justa cuenta de lo necesario que era restarle solemnidad a nuestro trabajo. Nunca lo he olvidado. Como tampoco soy capaz de dejar de pensar que voy quedándome más solo, que uno por uno van desapareciendo a mi alrededor, sin que pueda evitarlo, aquellos amigos a los que más quiero. Me hacen sentirme ya como un superviviente y lo más curioso es que ni siquiera me alarmo.
José Manuel Caballero Bonald (EL PAIS, 13/1/08)

Ángel era un pesimista con ganas de seguirlo siendo mucho tiempo. Ahora que, por primera y última vez, nuestro amigo se ha ido para siempre, los que caeremos en una desesperanza sin regreso somos todos los demás: ¿qué vamos a hacer ahora sin la persona más limpia que hemos conocido?
Benjamín Prado (EL PAIS, 13/1/08)

Ha sido un poeta al que yo leía con mucha frecuencia porque en muchos casos sentía que me quitaba las telarañas de los ojos. Era la suya una poesía que no parecía innovar y, sin embargo, lo estaba innovando todo. Ahora que no está debo decir que para mí siempre fue buena y refrescante la lectura de Ángel González. Lo guardo y lo guardaré entre mis poetas preferidos de cualquier tiempo.
José Saramago (EL PAIS, 13/1/08)


LEER POESÍA ¿POR QUÉ NO?

LEER POESÍA ¿POR QUÉ NO?
(Publicado en LA OPINION el 29 de abril de 2008)
No hay más que darse una vuelta por los escaparates de cualquier librería para comprobar que apenas se ven en ellos libros de poesía, y el hecho es que se publican al año centenares de ellos, pero es evidente que la novela le gana el pulso en cuanto a difusión e índice de lectura y muy poca gente responderá, si le preguntamos, que está leyendo un libro de poesía y, sin embargo, la poesía presenta una gran ventaja sobre la narración y es que cada poema es un universo que podemos conocer y disfrutar en unos pocos minutos y, además, volver sobre ella porque siempre está viva. El recientemente desaparecido, para desgracia de la literatura, Ángel González, afirmaba lo siguiente:
“La poesía es una lectura que no se gasta; en cambio, lees una novela y ya está consumida”
No se trata de establecer una competición entre los diversos géneros literarios, porque de lo que se trata es de leer, pero es indudable que la palabra alcanza un mayor protagonismo en la lírica. Así lo corrobora también el poeta asturiano:
“En ningún género literario, la lengua desempeña un papel tan preponderante como en la poesía”.
Y es que en la poesía se exprime la palabra, y no sólo es vehículo de una idea, sino también material sonoro, porque no hay buen verso si no se desprende de él una música afinada, si no despide un buen sonido. Es por ello por lo que la poesía no basta con ser leída en la intimidad; exige, para disfrutarla del todo, ser recitada y bien recitada.
Pero, presentando todos estos valores, es también cierto que el mundo de la lírica es tan variado y a veces laberíntico que, para comenzar a adentrarse en él, se hace necesario un guía que nos vaya orientando entre tantos estilos, movimientos o tendencias, y más si pretendemos entrar en la poesía reciente. Porque la poesía no se acaba con los clásicos que aparecen en los libros de texto, no acaba con Garcilaso, Quevedo, Bécquer o incluso García Lorca. Muy al contrario, en los últimos cincuenta años hay una gran floración de poetas, algunos de gran valor, y hoy basta asomarse al mundo de los concursos literarios para comprobar el número tan exagerado de premios de poesía y de participantes en ellos. La poesía está viva hoy y se sigue escribiendo de los problemas del hombre, del paso del tiempo, del amor y desamor… aunque con un tono más acorde con el mundo que nos rodea.
Si leemos a los novelistas actuales, ¿por qué no hacer lo mismo con los poetas? Haciendo de ese guía del que antes hablaba, un buen poeta para aterrizar en la poesía reciente: ANGEL GONZÁLEZ. Él consigue el “milagro” de hacer poesía de lo cotidiano y acabar con esa imagen de la poesía como algo elitista que sólo pueden disfrutar unos pocos elegidos. Y tiene poemas para muchas situaciones vitales: para los jueves o los domingos, para el otoño o el cumpleaños, para los días de lluvia o los de frío…y todo ello con un lenguaje accesible para una inmensa mayoría, pero al mismo tiempo de una gran calidad literaria. Aunque es una tarea muy difícil seleccionar sus mejores versos, ahí van como colofón, dos que nos acercan a ese mundo tan maravilloso como es el de su poesía y que ojalá sirvan de anzuelo para aquellos que no se han acercado aún a la obra de este asturiano cuyo recuerdo está aún tan caliente:
El mar mordía los acantilados
con sus dientes de espuma verde y blanca

miércoles, 19 de marzo de 2008

Momentos de la Semana Santa abaranera

MOMENTOS DE LA SEMANA SANTA ABARANERA
No es una Semana Santa muy espectacular. No hay en ella unos desfiles con un especial dramatismo. No aparecen en ella recursos artísticos o aparatosos. Es verdad, pero hay momentos de una especial emotividad, momentos que ayudan a comprender la grandeza del misterio que se celebra y que se repite año tras años en todo el orbe cristiano.
Si hiciéramos una encuesta a cada abaranero por cuáles son esos momentos, sin duda nos encontraríamos multitud de respuestas diferentes. Si yo tuviera que responder, señalaría tres.
El primero es la salida y el recorrido de la Procesión de Penitentes en la madrugada por las calles de nuestro casco antiguo. Seguramente el nombre de procesión no es hoy muy adecuado, porque en ella no hay tronos, ni flores, ni nazarenos vestidos con su túnica; sólo un estandarte flanqueado por dos faroles y decenas de personas que durante el recorrido no hacen más que rezar. Es nuestro rito más antiguo, pues ya en el siglo XVI, cuando se viene a examinar la fe de los moriscos que aquí habitaban, se hace referencia a una procesión de penitentes para mostrar la sinceridad de su fe. Lo que tiene hoy de emotivo es, sin duda, sus sonidos. Por una parte, el sonido del canto de unas estaciones con una letra muy plástica y una música muy peculiar, a cargo de una voz de hombre, grave y rotunda. Por otra, el de los pasos silenciosos de los hombres y mujeres que forman el cortejo unido al del rezo casi susurrante en la boca de los participantes. Y todos esos sonidos tienen cada año como testigo a la luna llena que, en la subida a la Ermita, alcanza un especial protagonismo con la vista de todo un valle iluminado en la noche más larga y más santa del año.
El segundo tiene lugar unas horas después, tras la solemne procesión del Santo Entierro, viernes santo por la noche, cuando ya todos los tronos han hecho su recorrido, cuando ya todos los nazarenos, tamboristas y trompetistas han realizado su carrera, y sólo queda ya la última Hermandad, la de las Siervas de María, el atrio estalla en un gran silencio. Aparece el estandarte con el corazón bordado y atravesado por los siete dolores que ya anunciara el anciano Simeón, y tras él, las mujeres de negro, con su teja y su mantilla, que se van quedando a los lados con sus velas aún encendidas. Y llega el momento mágico. La Virgen aparece en la esquina de la iglesia, se oyen las notas de una marcha procesional magníficamente interpretada por nuestra Banda de Música, seguramente “Nuestro Padre Jesús” del maestro Cebrián. Y muy despacio, dolorida y majestuosa al mismo tiempo, la imagen de la Virgen, portada por sus anderos con su túnica negra, va subiendo por la cuesta del atrio. Y la emoción de todos los que contemplan este momento se aprecia en sus rostros. Y todos saben que esta sensación ya no se volverá a repetir hasta el año próximo y con la luna llena como testigo.
El tercer momento tiene como testigo un cielo generalmente azul radiante y se produce en una Plaza Vieja rebosante de corazones dispuestos a revivir cada año la misma emoción en el mismo instante siguiendo un mismo rito. Ha comenzado la procesión desde el atrio, el primer trono ya aparece y está entrando a la Plaza haciéndose hueco entre la multitud. Una multitud que pronto tiene que ir mirando a un extremo y a otro porque enseguida empieza a aparecer la entrañable imagen el Niño por la otra parte. Y van entrando tronos con sus anderos y trompetistas y tamboristas de todas las hermandades y de todos los colores. Hasta que poco a poco dejan de sonar y se hace el silencio un silencio de emoción contenida, un silencio de tensión a flor de piel. Y la imagen de la Virgen aún con su manto negro, parece que se cae y una paloma echa a volar. Ha sido la primera reverencia. La Virgen avanza lenta, Cristo apenas avanza. Y otra vez el trono de Maria del Amor Hermoso parece que cae. Y salen dos palomas coloreadas que se van quedando en algún balcón. La emoción va llegando a su punto más álgido. Avanzan los tronos ahora centímetro a centímetro. Todos los ojos y los corazones puestos en el lugar mágico donde, en perfecta sincronía, los dos tronos ahora parece que van a dar en el suelo. Es la tercera, definitiva y última reverencia. El momento más esperado, el más sentido, el más emocionante de cada Semana Santa abaranera. Se rompe el silencio. Innumerables palomas vuelan sobre la multitud. Y todo Abarán vibrando con un solo corazón.
Estos son tres momentos que hacen meditar, que mantienen lo que aún queda del espíritu que debe estar presente en estos días de misterios tan profundos. Son momentos que recogen el sentir de unas gentes que, generación tras generación, han visto el amanecer y el ocaso en este rincón del Valle.
JOSE S. CARRASCO MOLINA (2008)
Cronista Oficial de Abarán